Written by • 12:12 pm• 14, Plurilingüismo

El compromiso del Marymount desde el plurilingüismo y la internalización: aprender lenguas para habitar el mundo

Este artículo reflexiona sobre el plurilingüismo y la internacionalización como apuestas pedagógicas centradas en la formación humana. Aprender lenguas trasciende la utilidad práctica: permite escuchar otras perspectivas, construir ciudadanía global y formar estudiantes capaces de dialogar, comprender la diversidad y participar críticamente en un mundo interconectado.
0
(0)

EL COMPROMISO DEL MARYMOUNT DESDE EL PLURILINGÜISMO Y LA INTERNACIONALIZACIÓN: APRENDER LENGUAS PARA HABITAR EL MUNDO

Escrito por: Marcela Montenegro – Jefe del Departamento de Inglés 

Resumen

Este artículo reflexiona sobre el plurilingüismo y la internacionalización como apuestas pedagógicas centradas en la formación humana. Aprender lenguas trasciende la utilidad práctica: permite escuchar otras perspectivas, construir ciudadanía global y formar estudiantes capaces de dialogar, comprender la diversidad y participar críticamente en un mundo interconectado.

Una pregunta necesaria

Hace algunos meses, mientras grabábamos un podcast institucional sobre el aprendizaje de lenguas extranjeras, surgió una pregunta aparentemente sencilla, pero profundamente reveladora: ¿para qué aprendemos otras lenguas? La pregunta parecía familiar dentro de la vida cotidiana de un colegio internacional; sin embargo, al detenernos en ella descubrimos que no admite respuestas automáticas. Aprender otra lengua no es una tarea neutra ni un simple requisito curricular.

Es, antes que nada, una experiencia que nos desplaza, nos descentra y nos obliga a mirar el mundo desde lugares que no habíamos habitado. Precisamente esa fue una de las ideas centrales de la conversación desarrollada en el episodio ¿Para qué aprendemos otras lenguas? Una mirada al mundo y a la cultura, en el que reflexionamos sobre la relación entre idioma, cultura y comprensión del otro (Marymount Plus, 2025).

Durante mucho tiempo, la respuesta más habitual a esta pregunta se ha formulado en términos de utilidad. Aprendemos lenguas, se dice, para acceder a mejores oportunidades laborales, para ingresar a universidades internacionales, para participar de mercados globales o para ampliar nuestro capital cultural. Nada de esto es falso. En un mundo interconectado, dominar más de una lengua abre puertas concretas y amplía posibilidades reales. No obstante, si reducimos el aprendizaje lingüístico a un inventario de beneficios prácticos, perdemos de vista su dimensión más decisiva: la de formar personas capaces de escuchar, interpretar y convivir con la diferencia. Las lenguas permiten acceder a oportunidades, sí, pero sobre todo nos enseñan a salir del monólogo.

Como docente, he comprobado que aprender otro idioma implica mucho más que incorporar nuevo vocabulario o dominar estructuras gramaticales. Implica desarrollar la disposición de escuchar perspectivas distintas, reconocer otras maneras de ordenar la experiencia y admitir que el mundo puede ser nombrado desde sensibilidades muy diversas. Cada lengua ofrece una forma particular de enfatizar, de vincular, de preguntar, de narrar y de imaginar. Por eso, aprender una lengua también es un ejercicio de humildad intelectual: nos recuerda que nuestra manera de ver la realidad no es la única posible. En tiempos marcados por la polarización, la simplificación del debate público y la dificultad para tramitar desacuerdos, esta capacidad de escuchar y de comprender múltiples puntos de vista se vuelve una tarea profundamente educativa.

“Las lenguas permiten acceder a oportunidades, sí, pero sobre todo nos enseñan a salir del monólogo.”

El plurilingüismo como proyecto pedagógico 

En el Colegio Marymount de Bogotá, esta convicción ha ido tomando forma dentro de un proyecto educativo que entiende el plurilingüismo no como la suma fragmentada de asignaturas, sino como una manera de concebir la formación integral. Desde esta perspectiva, las lenguas no se organizan en compartimentos aislados ni compiten entre sí por un lugar en el horario escolar. Por el contrario, dialogan, se enriquecen mutuamente y amplían el repertorio con el que las estudiantes leen, investigan, argumentan, crean y participan en la vida académica. El español, el inglés, el francés y el portugués no aparecen, entonces, como adornos curriculares, sino como recursos vivos para pensar y actuar en el mundo.

Una referencia fundamental para comprender esta apuesta es la propuesta de Halliday (1980), quien plantea que en la educación aprendemos la lengua, aprendemos sobre la lengua y aprendemos a través de la lengua. Esta triple mirada tiene una enorme fuerza pedagógica porque evita separar artificialmente el idioma de la experiencia humana. Aprendemos la lengua cuando desarrollamos recursos para leer, escribir, hablar y escuchar con mayor precisión. Aprendemos sobre la lengua cuando adquirimos conciencia de sus formas, de sus reglas, de sus registros y de sus posibilidades expresivas. Y aprendemos a través de la lengua cuando utilizamos esos recursos para comprender conceptos, construir conocimiento, dialogar con otros y resolver problemas. En otras palabras, la lengua no es solamente un contenido: es también el medio a través del cual ocurre buena parte del aprendizaje.

Esta visión dialoga de manera directa con la orientación de la UNESCO, que ha insistido en que la educación multilingüe debe entenderse como una herramienta para promover inclusión, equidad y participación, especialmente en contextos cultural y lingüísticamente diversos (UNESCO, 2025). La afirmación es relevante porque desplaza el foco del prestigio de ciertas lenguas hacia la justicia educativa que supone reconocer la pluralidad lingüística como una riqueza. Cuando una institución valora distintos repertorios lingüísticos, no sólo amplía competencias académicas; también crea condiciones para que más estudiantes se sientan reconocidas, legitimadas y capaces de participar plenamente. El plurilingüismo, en este sentido, no es una meta decorativa, sino una apuesta ética por una educación más amplia, más hospitalaria y conectada con la complejidad del mundo.

En el Marymount, esta comprensión se traduce en una cultura escolar en la que las lenguas se usan para investigar, argumentar, producir sentido y construir comunidad. Una estudiante que analiza un fenómeno social en inglés, que sostiene una postura crítica en español, que explora manifestaciones culturales en francés o que se aproxima al portugués como lengua de cercanía regional no está simplemente cambiando de código. Está ampliando su capacidad de leer contextos, relacionar saberes y comunicarse con diferentes interlocutores. Allí radica una de las mayores promesas del plurilingüismo: permitir que la estudiante no sólo acumule conocimientos, sino que aprenda a moverse entre mundos simbólicos diversos con rigor, flexibilidad y sensibilidad.

Este compromiso, además, está formalizado en la Política de Lengua Institucional, que reconoce el desarrollo lingüístico como una responsabilidad compartida por toda la comunidad educativa (Colegio Marymount Bogotá, 2025). Esa idea es especialmente poderosa por que rompe con la noción de que las lenguas pertenecen sólo a estas asignaturas. En realidad, todo docente enseña lengua cuando acompaña a sus estudiantes a formular una hipótesis, justificar una respuesta, interpretar una fuente, escribir un informe, participar en un debate o comunicar un hallazgo.

Entenderlo así transforma la práctica pedagógica: cada espacio escolar se convierte en un escenario para fortalecer la capacidad de pensar con claridad, expresarse con precisión y escuchar con atención. Ese es, precisamente, uno de los núcleos del proyecto formativo que queremos sostener.

Internacionalización con identidad

Hablar de plurilingüismo en el Marymount conduce, de manera natural, a hablar de internacionalización. Pero conviene precisar desde el comienzo que internacionalizar no significa mirar hacia afuera ignorando lo que somos. Tampoco significa adoptar modelos ajenos como si la conexión con el mundo exigiera diluir la identidad local. La internacionalización cobra sentido cuando fortalece el arraigo, afina la conciencia de contexto y habilita un diálogo genuino entre lo propio y lo diverso. Sólo quien reconoce su lugar en el mundo puede participar en él de manera crítica, respetuosa y creativa.

“El plurilingüismo, en este sentido, no es una meta decorativa, sino una apuesta ética por una educación más amplia, más hospitalaria y conectada con la complejidad del mundo.”

Esta comprensión está en consonancia con el marco institucional de Ciudadanía Global e Internacionalización, que plantea la apertura al mundo como una formación orientada al encuentro, al discernimiento y a la participación responsable (Colegio Marymount Bogotá, s.f.). En un momento histórico en el que la palabra global puede ser interpretada de forma superficial, es importante recordar que la ciudadanía global no consiste en consumir referentes internacionales ni en acumular experiencias cosmopolitas desconectadas de la realidad inmediata. Consiste, más bien, en comprender la interdependencia entre contextos, reconocer la dignidad de todas las personas y asumir que nuestras decisiones locales tienen implicaciones más amplias. Desde esta mirada, internacionalizar no es escapar del territorio propio, sino aprender a vincularlo con preguntas y conversaciones de alcance global.

En el episodio ¿Cómo conectar a tus hijos con el mundo? Ser ciudadano global, Claudette Jacks subraya que formar ciudadanía global exige ofrecer experiencias auténticas y no sólo discursos aspiracionales (Marymount Plus, 2025). Esa afirmación resulta especialmente pertinente para la escuela. Las estudiantes aprenden a ser ciudadanas globales cuando se enfrentan a preguntas reales, cuando interactúan con otras voces, cuando contrastan perspectivas, cuando colaboran más allá de sus referentes habituales y cuando descubren que el conocimiento cobra profundidad al ser puesto en conversación con otras realidades. La internacionalización, por tanto, no puede limitarse a una narrativa institucional; debe convertirse en una experiencia pedagógica concreta, frecuente y accesible.

Por esa razón, nuestra estrategia combina internacionalización transfronteriza e internacionalización en casa. La primera amplía horizontes mediante alianzas, intercambios, redes y oportunidades de encuentro con actores de otros contextos. La segunda garantiza que la experiencia global no dependa exclusivamente del viaje o de la movilidad, sino que esté presente en el currículo, en los proyectos interdisciplinarios, en los recursos que se seleccionan, en las conversaciones que se propician y en las lenguas que circulan dentro del colegio. Esta combinación es esencial porque democratiza el acceso a la experiencia internacional y evita que la apertura al mundo se convierta en un privilegio reservado para unas pocas. En una institución comprometida con la formación integral, internacionalizar también significa asegurar que todas las estudiantes tengan oportunidades reales de ampliar su horizonte cultural y ético.

“Aprendemos lenguas para leer el mundo con más capas, para habitarlo con más responsabilidad y para servir en él con mayor lucidez.”

Educar para el futuro sin perder el centro

Esta preocupación por una internacionalización más inclusiva no surge solamente de una convicción institucional; también responde a discusiones más amplias en el contexto latinoamericano. Castiello- Gutiérrez y colaboradores (2022) señalan que los procesos de internacionalización en la región deben alejarse de modelos excluyentes o meramente imitativos y avanzar hacia enfoques más pertinentes, contextualizados e inclusivos. La advertencia es valiosa porque recuerda que no toda internacionalización produce transformación educativa. Si se la entiende únicamente como competencia por visibilidad, rankings o acreditaciones, corre el riesgo de reproducir desigualdades y de vaciarse de sentido pedagógico.

En cambio, cuando se la vincula con equidad, cooperación y formación crítica, la internacionalización puede convertirse en una fuerza que amplía oportunidades y profundiza el propósito educativo.

Esa misma dirección aparece en los lineamientos del Ministerio de Educación Nacional de Colombia, que subrayan la necesidad de fortalecer la competitividad y la calidad sin perder de vista la equidad, la pertinencia y el compromiso con el desarrollo del país (Ministerio de Educación Nacional de Colombia, 2024). Esta articulación es crucial. Formar para el mundo no puede significar formar de espaldas a la realidad colombiana ni a los desafíos de nuestra región. Por el contrario, cuanto mayor sea la proyección internacional de una estudiante, mayor debería ser también su capacidad de leer críticamente su contexto, de reconocer sus tensiones y de comprometerse con su transformación. La internacionalización adquiere hondura cuando ayuda a conectar excelencia académica con responsabilidad social.

En el Marymount, esta convicción nos lleva a afirmar que no enseñamos lenguas para coleccionar certificaciones, aunque valoremos las metas y los estándares que acompañan los procesos de aprendizaje. Enseñamos lenguas porque creemos que una estudiante que puede dialogar con el mundo cuenta con más herramientas para transformarlo con sensibilidad, criterio y compasión. Aprender otra lengua ensancha la escucha, mejora la capacidad de matizar, hace más cuidadosa la interpretación y vuelve más consciente la relación entre palabras y realidades. Una estudiante plurilingüe no es únicamente alguien que rinde bien en una prueba; es alguien que puede entrar en una conversación compleja, reconocer sus propios supuestos, formular preguntas más inteligentes y participar con respeto en contextos diversos.

Por eso, el horizonte último de nuestra apuesta no es instrumental, sino profundamente humano. Aprendemos otras lenguas para comprender mejor a los demás y también para comprendernos mejor a nosotras mismas. Aprendemos lenguas para pasar de la reacción rápida a la escucha atenta, del juicio precipitado al discernimiento, de la curiosidad superficial al encuentro genuino. Aprendemos lenguas para leer el mundo con más capas, para habitarlo con más responsabilidad y para servir en él con mayor lucidez. Cuando una escuela asume esta tarea con seriedad, el plurilingüismo deja de ser un programa adicional y se convierte en una pedagogía del encuentro.

Esto tiene implicaciones muy concretas en la vida escolar cotidiana. Cuando diseñamos experiencias de lectura comparada, proyectos colaborativos, debates, escritura multimodal o encuentros con otras comunidades, las estudiantes aprenden que comunicar no es solamente emitir mensajes, sino asumir responsabilidad por el efecto de las palabras. Aprenden a ajustar el registro según el contexto, a considerar seriamente a su interlocutor, a leer matices culturales y a sostener desacuerdos sin cancelar la dignidad del otro. Esa combinación de competencia comunicativa, criterio ético y apertura intercultural es una de las capacidades más urgentes para el presente, y sólo puede formarse de manera sostenida si la escuela convierte el lenguaje en un asunto compartido por toda la comunidad educativa (Colegio Marymount Bogotá, 2025; UNESCO, 2025).

Esa es, en el fondo, la invitación que el Marymount quiere sostener. Formar estudiantes capaces de vivir en un mundo interconectado no significa preparar viajeras ocasionales por escenarios globales, sino personas que sepan construir puentes, leer contextos, valorar la diversidad y actuar con compasión. En ese camino, las lenguas ocupan un lugar irrenunciable porque nos enseñan a nombrar, pero también a escuchar; a intervenir, pero también a comprender; a afirmar una identidad, pero también a abrirla al diálogo. Aprender lenguas para habitar el mundo es, entonces, mucho más que una meta académica. Es una manera de educar para el presente y para el futuro sin perder aquello que da sentido a toda formación auténtica: la posibilidad de encontrarnos con otros para construir, juntos, un mundo más humano.


Bibliografía
  • Castiello-Gutiérrez, S., et al. (2022). Análisis de políticas públicas para la internacionalización de la educación superior en América Latina.

  • Colegio Marymount Bogotá. (2025). Política de lengua: AE-GCP-POL-03 versión 2. Bogotá, Colombia.

  • Colegio Marymount Bogotá. (s.f.). Ciudadanía global e internacionalización. Documento institucional interno.

  • Halliday, M. A. K. (1980). Three aspects of children’s language development: learning language, learning through language, learning about language. En Y. M. Goodman, M. M. Haussler y D. S. Strickland (Eds.), Oral and written language development research: Impact on the schools. Proceedings from the 1979 and 1980 IMPACT conferences (pp. 7–19). Newark, DE: International Reading Association.

  • Marymount Plus. (Anfitrión). (2025, abril 11). ¿Cómo conectar a tus hijos con el mundo? Ser ciudadano global [Episodio de podcast de audio]. Claudette Jacks, Coordinadora de Internacionalización. https://open.spotify.com/episode/5Eh9v3sKBGoN0szHTqoQFg

  • Marymount Plus. (Anfitrión). (2025, mayo 2). ¿Para qué aprendemos otras lenguas? Una mirada al mundo y a la cultura [Episodio de podcast de audio]. Marcela Montenegro, jefe del Departamento de Inglés. https://open.spotify.com/episode/3VVjJjZISEZ3JOFjagHKtU

  • Ministerio de Educación Nacional de Colombia. (2024). Lineamientos de política para la internacionalización de la educación superior en Colombia. Bogotá, Colombia.

  • UNESCO. (2025). Languages matter: Global guidance on multilingual education. París, Francia.

¿Qué tan útil te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuar!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Autor

Visited 12 times, 1 visit(s) today
Close Search Window
↑
Close